Diario de Taller de Escritura : Presentación y consignas asignadas
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Introducción: Presentación
Para hacer mi presentación personal al taller (este diario), me gustó la idea de tomar el estilo de Sylvia Molloy para darle una vuelta más a mi presentación. El concepto de una lectura ligada a los recuerdos propios, tanto en ella como en Ricardo Piglia, tiene una forma particular en mi mente, similar a lo que ellos describen. Me suele pasar con los olores y la sensación del aire en ciertos lugares. A veces me despierto y digo: “hay olor a Pinamar”, un lugar emblemático de mi infancia. Y la explicación más lógica tiene que ver con la humedad del ambiente, el frescor o la lluvia, algo que rara vez sucede en lugares secos como San Juan. Sin embargo, entiendo ese mecanismo de asociar algo difícil de definir con la reaparición de un recuerdo: una sensación mínima que, sin explicación clara, revive escenas del pasado.
Soy Flor, estudiante de comunicación. A veces digo mi primer apellido completo: “Fernández de Cieza”; y otras veces solo la mitad: “de Cieza”. Creo que es más memorable, o al menos eso me gusta pensar. También porque cambia un poco la forma en que suena quién soy. Estoy intrigada por este taller. Aunque no me gusta demasiado leer, considero que puedo ser buena escribiendo, especialmente en inglés.
He leído varios libros, generalmente en verano. Me gusta leer de vez en cuando ficción, fantasía o distopía. En mi caso, la lectura es un buen inductor del sueño: nunca falla. Aun así, a veces quedan pequeñas cosas, más como sensaciones o ideas sueltas que como la historia completa.
De hecho, puedo recordar mis últimas vacaciones en base a un libro que estaba leyendo, y tal como me sucede con los olores (y la música), ciertos libros me encuentran a mí, y no yo a ellos. Sucede que no sabía que los necesitaba hasta que los leí, y por eso, por más que no haya leído muchos por motu propio a lo largo de mi vida, los recuerdo con ternura. Puedo verme a mí misma sentada en una silla de plástico junto a la pileta, con el pecho liviano, sin preocupaciones.
Por otro lado, con la escritura me llevo bastante mejor. Suelo ser verborrágica. Quizás la entiendo un poco más. Escribo a mano lo que me hace sentir triste o enojada; es una forma de gestionar lo que me pasa. Como si al escribir pudiera volver sobre eso y mirarlo desde otro lugar. Siento que muchas cosas pasan más por la escritura que por la lectura. Naturalmente necesitamos poner las cosas en palabras, y en ese proceso algo se ordena, o al menos se vuelve más claro. A veces no cambia lo que pasó, pero sí la forma en que lo entiendo.
CONSIGNAS:
1) Escribir una crónica a partir de los actos del 24 de marzo: incluyan testimonios, reflexiones, un comentario de algo que vieron o leyeron por los medios. Aprovechen todo lo que pudieron pensar a partir de la lectura de los cuentos de Golpes
2)de la Antología Golpes: Leer el cuento "Rèplica en escala" de Paula Tomassoni, (y otros 2 a elección) y comentar cómo representan la época, qué sentido les encuentran a las historias, cómo se construyen los narradores y qué les resulta más interesante.
*3) sobre los textos del cuadernillo de Autobiografía Pràcticos: Leer parte 1(Piglia), y 2. Anotar relaciones entre lectura/libros/escritura/vida. Elegir una autobiografía para escribir la Presentación "al estilo de...".
4) Escribir una presentación como estudiantes de Taller, cómo llegan al mismo, su historia de lectorxs y escritorxs,
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Memoria de un país
Para la historia argentina la madrugada del 24 de marzo de 1976 significó el inicio de una dictadura. Sin embargo, para muchos otros significó el principio de su final. 50 años parece lejano, pero no es mucho. Quizás es una vida, sí, para quienes tuvimos la suerte de nacer a una generación de distancia. No obstante, el tiempo es relativo. Y el trauma colectivo es generacional. Las historias que nos llegan nos interpelan como si fueran propias. No es solo empatía humana. Son las historias de un pueblo que jamás olvida.
Diarios, libros, revistas, música, televisión, teatro, educación, protestas, reuniones e incluso conversaciones fueron censuradas y vigiladas por el régimen. En esos años, hablar de más podía costar caro, y el silencio se convirtió en una forma de supervivencia. Mi abuela, con mi padre en brazos, le rogaba a mi abuelo que no se involucre en las protestas durante su cargo como docente en la escuela de camino en San Juan. Ella no solo tenía miedo de que mi abuelo fuera detenido, sino que mi padre se convirtiera en uno de los bebés apropiados, entregados a otras familias y obligados a crecer con una identidad que no era la suya.
Los secuestros eran repentinos y violentos. Grupos armados entraban a las casas o trabajos, muchas veces de noche. Revisaban todo y se llevaban a alguien sin dar explicaciones.
Lo que quedaba después era el shock, la confusión y un miedo constante que alcanzaba a toda la familia. Las noches se llenaban de ansiedad e insomnio, mientras crecía una culpa difícil de explicar. Pero lo más duro era no saber si esa persona estaba viva o muerta, dejando un dolor suspendido, sin poder volverse duelo.
En este marco surgieron los relatos que actualmente se encuentran en "Golpes: Relatos y memorias de la dictadura". Retratan una época que imagino de color sepia, como si fueran imágenes gastadas en el tiempo, pero considero que los sentimientos siguen intactos. No soy fanática de leer, y cuando una lectura no me atrapa soy capaz de decirlo. Sin embargo, siempre me resulta interesante leer sobre la memoria de Argentina, tanto sobre la dictadura como la Guerra de Malvinas. Incluso no soy de ver las noticias todas las mañanas, pero hoy me pareció un buen momento para hacerlo. Había una mujer sentada en el estudio de TN contando su testimonio, pero no era cualquier testimonio.
De lo que hablaban era que, en un escenario impensado, el propio Jorge Rafael Videla terminó diciendo lo que durante tanto tiempo se negó: que la mayoría de los desaparecidos estaban muertos. Y esa frase no apareció en un discurso oficial ni en un juicio, sino frente a una estudiante de periodismo de veinte años sentada frente a él, haciéndole preguntas. Esa joven era la misma que estaba dando la nota en televisión.
En el 2005, Vanessa Cerone fue hasta la casa de Videla y dejó una carta pidiéndole una entrevista. No había contactos, no había intermediarios. Era, literalmente, un intento casi imposible. Pero días después pasó algo inesperado: él la llamó por teléfono a su casa y aceptó. Ella no se encontraba en su domicilio, pero el llamado fue atendido por su padre. Cuando volvió, ni bien cruzó la puerta, comenzaron a preguntarle exasperadamente por qué el dictador la había llamado.
A partir de ahí empezaron los encuentros. Primero en su domicilio, después en otros lugares como Campo de Mayo y más adelante incluso en la cárcel. Lo más fuerte es el tono: no eran entrevistas tensas todo el tiempo, sino que él hablaba con cierta naturalidad, como si estuviera justificando o explicando su accionar.
Y hoy, 50 años después, las protagonistas de la búsqueda siguen. A sus 95 años, Estela de Carlotto, presidenta de las abuelas de Plaza de Mayo, declaró frente a El País: "Estamos muy viejitas, pero los nietos sabrán continuar la búsqueda".
Queda claro que el tiempo nunca será suficiente para darle un cierre a lo que pasó. Aunque los años avancen, la memoria tiene que seguir, sostenida por quienes buscan y por quienes escuchan. Porque un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla.
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Análisis de relatos
Los cuentos que elegí, además de “Réplica en escala”, son “La garita” y “Mis dos hemisferios”. Creo que representan tres perspectivas de la época, cada una con una gravedad distinta. La primera relata varios acontecimientos a lo largo de diferentes años de la dictadura, lo que permite ver cómo la violencia va “escalando”, como una serie de réplicas. Tanto esta historia como “Mis dos hemisferios” narran los recuerdos de una niñez interrumpida por la persecución y por ciertos protocolos de cuidado: “cuidado con decir esto”.
Creo que la última retrata una nostalgia por la infancia en Mendoza y por la inocencia de quienes no terminaban de entender lo que pasaba en el país. Crecieron en una falsa normalidad, donde sus padres podían salir de sus casas, negocios, autos o trabajos y no volver nunca. Donde escuchar balaceras era, automáticamente, pensar en lo peor. Lo más interesante es que está contado desde una mirada infantil, pero igual deja ver el miedo.
En cambio, “La garita” tiene un significado mucho más fuerte y lo deja ver entre líneas. Se trata de un represor que en el presente vive una vida aparentemente normal pero se describe como violento, frío y solitario. El narrador está en tercera persona y va mostrando la información de a poco, generando tensión hasta que se entiende quién es realmente ese personaje. Eso hace que el lector vaya descubriendo la verdad. La mujer del relato no es cualquier mujer. Ella al recordar “el aliento en su nuca” nos da un indicio del oscuro acontecimiento pasado entre ella y el hombre. Al juntar las piezas, puedo deducir que, tal como se daba en esa época, los represores abusaban de las mujeres, y ella no fue una excepción. Por lo que ella toma la decisión de ir a matarlo aquella noche por lo que había pasado durante esos años.
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Biografías
Piglia asocia la lectura principalmente a recuerdos. Pero, no recuerdos sobre el contenido de un libro o lo que se imaginaba mientras leía, ni la forma en la que está escrito, ni la portada. Sino el momento en el que se encontraba sumergido en la historia: el ambiente, si estaba solo o en compañía, cómo se sentía. Como si pudiera verse a sí mismo leyendo. Para él, la vida se puede contar a partir de los libros que uno leyó en ciertos momentos de la vida, una vida que no es lineal, sino compuesta de fragmentos. Justamente, esta autobiografía retrata escenas significativas, guiándose o recordando cada libro que leyó. “No necesariamente son los mejores… pero son los que han dejado una marca.”
Para este autor, la escritura no surge de la nada, sino que emerge de las huellas que deja la lectura en la experiencia. “¿Por qué nos dedicamos a escribir después de todo?… porque antes hemos leído…”. Y parece ser un viaje de ida para algunos, quienes encuentran en el papel una forma de ordenar lo vivido. En ese sentido, la escritura deja de ser una elección consciente y se vuelve una práctica constante, casi inevitable: ‘no es una vocación… se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción’.”
Para hacer mi presentación personal al taller (este diario), me gustó la idea de tomar el estilo de Sylvia Molloy para darle una vuelta más a mi presentación. El concepto de una lectura ligada a los recuerdos propios, tanto en ella como en Ricardo Piglia, tiene una forma particular en mi mente, similar a lo que ellos describen. Me suele pasar con los olores y la sensación del aire en ciertos lugares. A veces me despierto y digo: “hay olor a Pinamar”, un lugar emblemático de mi infancia. Y la explicación más lógica tiene que ver con la humedad del ambiente, el frescor o la lluvia, algo que rara vez sucede en lugares secos como San Juan. Sin embargo, entiendo ese mecanismo de asociar algo difícil de definir con la reaparición de un recuerdo: una sensación mínima que, sin explicación clara, revive escenas del pasado.
Soy Flor, estudiante de comunicación. A veces digo mi primer apellido completo: “Fernández de Cieza”; y otras veces solo la mitad: “de Cieza”. Creo que es más memorable, o al menos eso me gusta pensar. También porque cambia un poco la forma en que suena quién soy. Estoy intrigada por este taller. Aunque no me gusta demasiado leer, considero que puedo ser buena escribiendo, especialmente en inglés.
He leído varios libros, generalmente en verano. Me gusta leer de vez en cuando ficción, fantasía o distopía. En mi caso, la lectura es un buen inductor del sueño: nunca falla. Aun así, a veces quedan pequeñas cosas, más como sensaciones o ideas sueltas que como la historia completa.
De hecho, puedo recordar mis últimas vacaciones en base a un libro que estaba leyendo, y tal como me sucede con los olores (y la música), ciertos libros me encuentran a mí, y no yo a ellos. Sucede que no sabía que los necesitaba hasta que los leí, y por eso, por más que no haya leído muchos por motu propio a lo largo de mi vida, los recuerdo con ternura. Puedo verme a mí misma sentada en una silla de plástico junto a la pileta, con el pecho liviano, sin preocupaciones.
Por otro lado, con la escritura me llevo bastante mejor. Suelo ser verborrágica. Quizás la entiendo un poco más. Escribo a mano lo que me hace sentir triste o enojada; es una forma de gestionar lo que me pasa. Como si al escribir pudiera volver sobre eso y mirarlo desde otro lugar. Siento que muchas cosas pasan más por la escritura que por la lectura. Naturalmente necesitamos poner las cosas en palabras, y en ese proceso algo se ordena, o al menos se vuelve más claro. A veces no cambia lo que pasó, pero sí la forma en que lo entiendo.
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Versión original de presentación
Soy Flor, estudiante de comunicación. A veces digo mi primer apellido completo: “Fernández de Cieza”; y otras veces solo la mitad: “de Cieza”. Creo que es más memorable. Estoy intrigada por este taller. Aunque no me gusta demasiado leer, considero que puedo ser buena escribiendo, especialmente en inglés. He leído varios libros, generalmente en verano. Me gusta leer de vez en cuando de ficción, fantasía o distopía. En mi caso, la lectura es un buen inductor del sueño. Nunca falla.
Por otro lado, con la escritura me llevo bastante mejor. Suelo ser verborrágica. Quizás la entiendo un poco más. Escribo a mano lo que me hace sentir triste o enojada, es una técnica para gestionar las emociones. Siento que muchas cosas pasan más por la escritura que por la lectura. Naturalmente necesitamos poner las cosas en palabras. Nos ayuda a ser más creativos.
CONSIGNAS:
- Escribir un cuento fantástico en base aun sueño propio o prestado.
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Donde nadie llega
Estoy en una estación de tren. No es ninguna que conozca, pero tampoco me resulta ajena. Hay gente, pero no hablan. Todos miran hacia las vías, como esperando algo que no llega. Estaba oscuro, silencioso. Hay un reloj grande, colgado del techo, 03:17. Habré estado inmovil ahí un par de minutos. Las agujas del reloj también. El tren no venía. Algo me roza la nuca, suave, casi con intención. Yo sigo mirando las vías, pero ahora las figuras humanas me miran a mi. Recuerdo: cuando algo no se puede recordar, a veces se queda esperando. El reloj marcaba las 03:17. Cuando aparto la vista de las vías, escucho algo. Como un tren acercándose. Pero cuando vuelvo a mirar, el sonido desaparece. Y ahora todos me daban la espalda. Parpadeaban al mismo tiempo que yo. Y entiendo —o creo entender— que el tren no es lo que estamos esperando.
Actualización de mi día
Tengo ganas de hablar. Generalmente hablaría con una amiga, pero podría llenar también estas páginas con la intención de sacarme cosas del pecho, más que para cubrir una consigna.
Mi psicóloga me hizo darme cuenta de que hay algo muy profundo que debo resolver, y me preocupa, porque no sé que tanto este problema pueda afectar en un futuro. Estoy pasada de vuelta o tengo ansiedad, no es grave, pero necesito descansar. Es como si estuviera corriendo una carrera todo el día, y por la noche duermo "apurada". De todas formas, eso no es lo que hable con mi psicóloga. Ayer fui a baile y AMÉ a la profe nueva, extrañaba bailar. Extraño mi casa. No ésta. La otra. No tengo ni para hacerme un café con leche. Tengo que ir a comprar... y al gimnasio... y el martes a la facultad... y el fin de semana a mi tía. Taller de escritura, Antropología, PCPC, Teorías de la comunicación, casi todo lo llevo al día, pero no lo puedo saber si no me dan clases. No quiero salir, pero tampoco quiero estar en mi casa. Hablé con mi abuela, todo bien. Y quiero seguir viendo la serie: Peaky Blinders. La empecé a ver por alguien que me gustaba, para poder sacarle charla, y al final me terminó gustando a mí. Nunca llegué a hablar de la serie con esa persona. Nunca me animé. Pensé que le caía mal. Sí le caí mal, pero tengo la sospecha de que fue al final del año. Tardé en darme cuenta que era un pelotud* bárbaro. Menos mal que nunca le dije nada a nadie. En fin, la vida misma.

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